martes, noviembre 17, 2009

MUJERES LIBERADAS

Esto nos dice Florence Dupont de las mujeres romanas:


“La vida de las mujeres en la familia romana es dura. Sólo las que se han liberado de la condición de esposas, gracias a la viudez o a una esterilidad seguida de divorcio, gozan de una vida diferente. Tienen como amantes a jóvenes de la nobleza, administran sus negocios gracias a tutores complacientes y a libertos que les sirven de testaferros en los contratos. Las más riscas van y vienen entre las villas de descanso del golfo de Nápoles y sus jardines de Roma. Tienen un salón, protegen a los poetas, reciben a huéspedes extranjeros e intervienen en las alianzas políticas.”

FLORENCE DUPONT .- “El ciudadano romano durante la república”.



NOTA: Queridos amigos, sigo pidiéndoos paciencia y comprensión por no responderos ni visitaros como me gustaría. Dido me tiene completamente atrapada...

*Detalle del relieve de un sarcófago en los Museos Capitolinos. Roma.
**Detalle del relieve de un sarcófago en el Museo Termas de Diocleciano. Roma.

jueves, noviembre 12, 2009

EL NACIMIENTO DE UN HIJO


- Me siento ligera como un pájaro, lista para emprender el vuelo – me dijo ayer Cecilia, a quien visité para felicitarla por el nacimiento de su primer hijo. Estaba agotada y exultante, rodeada de una extraña luz.

- Y tú, querida amiga – siguió diciendo – debes sentirte igual: ahora que los copistas han terminado su trabajo y la historia que escribiste con tanto esfuerzo empieza a difundirse por Roma, puedes decir que has alumbrado una criatura. ¡Relájate y disfruta!

- Ay, Cecilia querida – le respondí –. ¿Acaso no te preocupa a ti la suerte de tu hijo? ¿No pasas de la alegría al temor, de la esperanza a la incertidumbre cuando piensas en su futuro? Lo mismo me ocurre a mí…


NOTA: Os dejo un enlace para los curiosos que quieran leer impresos los primeros 4 capítulos de la novela DIDO reina de Cartago y este otro con el catálogo de la editorial ES Ediciones

*Detalle de pintura mural en una de las Logias de Rafael. Giovanni di Udine. Palacios Vaticanos. Roma.

**Detalle de decoración mural en una de las Logias de Rafael. Palacios Vaticanos. Roma.



lunes, noviembre 09, 2009

MENÚ DEL BANQUETE DE BIENVENIDA OFRECIDO POR LA REINA DIDO A ENEAS

Menú elaborado por la cocinera cartaginesa Sofonisba



ENTRANTES:
Puls Punica.
Aceitunas.
Lentejas con castañas.
Ensalada de lechuga con puerros tiernos y granada.
Pescados en salmuera.
Cardos reales.
Fondos de Alcachofas.
Coles con piñones y pasas.


PLATOS CENTRALES:
Patina de salmonetes.
Cabrito asado.
Atún asado con salsa.
Pollo con salsa.



POSTRES:
Bandejas con fruta fresca (uvas, granadas, manzanas, dátiles, higos frescos,…)
Hojaldres con nueces y pasas.
Pastel de higos con almendras.
Dátiles con frutos secos.
Pudín cartaginés.



BEBIDA:
Vino de dátiles o de higos secos.
Vino de peras o de membrillos.
Vino de piñones.
Vino de almendras.


Para conocer la elaboración de los platos, nada mejor que ir a la página de la cocinera Sofonisba, Charo Marco. En la novela Dido reina de Cartago se incluye este menú y la recetas para cocinarlo.
*Relieve en una urna cineraria. Museo Termas de Diocleciano. Roma.
** y *** detalles de mosaicos en el Museo Massimo alle Terme. Roma.
**** Detalle de escultura de un joven llevando un cesto de uvas. Museos Capitolinos. Roma.
*****Detalle de relieve en la tapa de un sarcófago representando un banquete. Museo Termas de Diocleciano. Roma.

jueves, noviembre 05, 2009

UN NAÚFRAGO…

Tras una tormenta, la flota del troyano Eneas arribó a una playa desconocida. Y en ella tuvieron un extraño encuentro:


(…)

El amanecer les mostró un hermoso paisaje: la playa formaba un arco y se extendía entre dos farallones de roca rojiza. Abundaba la vegetación y hasta el mismo borde de la playa llegaba un bosque. A poca distancia de la orilla, un ruido de agua borboteando advertía de la existencia de un arroyuelo. Pronto se formaron varios grupos para traer leña, agua y comida. La amazona Iskias y unos cuantos cazadores se adentraron en el bosque donde esperaban encontrar liebres, cabras salvajes o venados. (...)

Cirene y el pequeño Ascanio fueron hacia el arroyo y remontaron su curso en busca de hierbas y raíces comestibles. Para su sorpresa, en medio de un bosquecillo de alisos hallaron el manantial de donde brotaba. Nacía en una pared a poca altura y de manera natural se había formado un remanso a sus pies, amplio y transparente como un estanque. El sol penetraba entre las hojas y caldeaba el ambiente. Había tanto silencio, era tan grato y apacible el lugar, que al instante sintieron deseos de meterse en el agua y limpiarse el salitre de la piel. Y estaban quitándose las ropas cuando una voz los detuvo.

- No os atreváis a perturbar la morada de la ninfa Saó – dijo la voz.No había en su tono ninguna nota amenazante, pero Ascanio se acercó un poco más a Cirene. También ella se había sobresaltado. Ambos se quedaron quietos y en silencio. Y como nadie aparecía ni se oía más ruido que el roce de las hojas movidas por la brisa, tomó la palabra Cirene.

- ¿Quién eres?

- Un náufrago – respondió la voz.

- Nosotros acabamos de librarnos de un naufragio – dijo Cirene –. Sal de donde estés y ven con nosotros. Somos troyanos y tenemos naves.

- ¿Troyanos de verdad? Decidme vuestros nombres. Pero os advierto que no pienso moverme de aquí.

Cirene le dijo su nombre, el de Eneas y los de muchos troyanos ilustres que viajaban con ellos. Sin embargo, el náufrago no volvió a pronunciar una palabra ni respondió a sus preguntas. Finalmente, Cirene desistió de su interrogatorio y de su baño y, sin recoger siquiera las hierbas que habían ido a buscar, ella y Ascanio volvieron a la playa. Muchos de sus compañeros se rieron cuando se lo oyeron contar. Alguien les había gastado una broma. Habían prendido buenas fogatas, se estaba asando carne en abundancia traída por los cazadores y el anciano Anquises ofreció una liebre a los dioses en un pequeño altar improvisado.

Al atardecer, (...) Iskias y Cirene estaban juntas en una misma fogata y a su calor, ésta última le contó a la amazona el encuentro tan extraño de aquella mañana. No creía que fuese una broma. A fin de reforzar su relato, se fue a buscar a Ascanio. No estaba con su padre Eneas ni con su abuelo Anquises. No acompañaba a Palinuro, cuyas palabras le gustaba escuchar, ni a Icarus, su guerrero más admirado. No lo habían visto en ninguno de los fuegos. Las dos mujeres pensaron que podía haber regresado al manantial.

Sin decir nada para no alarmar al resto, Iskias se colgó el carcaj lleno de flechas a la espalda y empuñó el arco. Cirene se armó con un rudo bastón y ambas marcharon a buscar al niño. Caminaron con rapidez y en silencio, sin hacer ruido, y pronto llegaron al bosquecillo de alisos donde brotaba la fuente. Allí, sentado en el borde del estanque, con la cabeza inclinada sobre el agua y sus rizos rubios cayendo hacia delante, estaba Ascanio. La luz del ocaso acentuaba el rojo de las rocas y restaba transparencia al agua.

Una sombra se movió junto a él. Iskias puso una flecha en su arco y, con la rapidez del viento, disparó. Y se oyó un gemido humano.

(Fragmento de la novela “Dido reina de Cartago”)

NOTA 1: Queridos amigos, he puesto este fragmento porque nuestra amiga Alyxandria Faderland, ha querido explicarnos las técnicas que se utilizaban para curar las heridas en la antigüedad. Lo ha hecho utilizando su peculiar sentido del humor y poniéndose en la piel de la amazona Iskias aquí...
NOTA 2: Dido ya está en algunas librerías, al menos en Valencia. Espero que haya llegado ya o llegue en breve al resto de España.

*Relieve de una nave. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de una escultura que representa una amazona. Museos Capitolinos. Roma.
***Escultura de Asclepios, dios de la medicina. Museo Altemps. Roma.

domingo, noviembre 01, 2009

UN TRONO EN PELIGRO

Asi se titula la primera parte de la novela Dido reina de Cartago, que se inicia con este capítulo:

I.- Imilce y Karo


Me gusta bajar a la playa al atardecer, cuando los pájaros regresan al nido y sus alas se recortan oscuras contra el cielo rosáceo. Hundo los pies descalzos en el agua y dejo a las ondas acariciarme los tobillos. Me hace bien sentir su mansedumbre, oír el griterío de las aves y ver difuminarse en el horizonte la línea que separa mar y cielo. Pocas cosas desasosiegan tanto a una anciana como contemplar el mundo suspendido entre dos luces. A mí, sin embargo, no me atemoriza. Quizá porque es el momento del día más propicio a los recuerdos y, apenas se los convoca, acuden con rapidez.

- Vinieron por allí – le digo a Karo extendiendo el brazo hacia la derecha, en un gesto carente de precisión.

- Me lo has dicho mil veces, señora Imilce – me responde con cierto descaro –. Sal ya del agua, se te van a arrugar los pies.

- ¿Más aún? Anda, tráeme el lienzo para secarme. Y recuerda lo que te he dicho. ¿Lo has anotado en la tablilla?

No es mal chico y, según afirma su mentor, tiene buena letra. No pido mucho más: eso, y que sea diligente a la hora de pasar los apuntes a un rollo de papiro para después corregirlos. Algunas personas opinan que pierdo el tiempo. Por ejemplo, mi nuera. Yo le respondo: ¿para qué querría ahorrar tiempo una vieja como yo? ¿Se detendría acaso si me sentase ociosa junto al fuego o pasara las horas quejándome de los mil dolores que me afligen? Ella no me contesta, claro, aunque me dirige comentarios sarcásticos cuando regreso a casa después de mi paseo vespertino. No lo entiende.

Si los dioses me hubieran concedido una hija o una nieta, no me tomaría tanto trabajo: desde niñas les habría repetido una y otra vez la historia de nuestra reina Dido y su fatal encuentro con el príncipe troyano Eneas, como hizo conmigo mi abuela. Con mis hijos ha sido imposible. Son capaces de reproducir, uno por uno, todos los movimientos que han visto en un combate de lucha griega; no se les olvida la lista de los enemigos de Cartago, pero ¡ay! no les interesa conocer a fondo el origen de esas enemistades. Un error que pagaremos en el futuro, porque cuando la bruma del tiempo borre el recuerdo de aquella primera ofensa, no se podrá medir su importancia ni ponderarse si es razonable o no mantener la discordia. El olvido, en estos asuntos, sólo consigue hacer interminable el reguero de agravios.

- ¿Me has oído? Anota bien las últimas frases. ¡Creo que he dicho algo importante!

- No puedo hacer dos cosas a la vez, señora Imilce. Y si no te quedas quieta, no tendré manera de atarte las sandalias.

Mis nueras son jóvenes, desde luego, y aún pueden concebir hijas. Sin embargo, ¿quién me garantiza que viviré para verlo? ¿Y si pierdo la memoria o se me embrolla y soy incapaz de relatar lo ocurrido? Prefiero prevenirme. Por eso me llevo a Karo a todas partes y le voy dictando mis recuerdos según vienen. Además, me hace compañía y me alegra su desenfado juvenil. Ya tendremos tiempo luego de ordenarlos mejor. Y si me muero antes, él podrá hacerlo.

-¿Es cierto que tú misma presenciaste la llegada de los troyanos? – me pregunta mientras coge el manto tendido sobre la arena y me lo coloca sobre los hombros.

- Tan cierto como que te veo a ti ahora mismo. Una gran tormenta había desbaratado su flota, dispersándola por el mar. La nave de Eneas arribó a una bahía un poco más al este, no puedes verla porque está detrás de ese promontorio. El otro grupo de naves, que él creía perdidas, llegó justo aquí. Y en mala hora.
- Yo los odio – dice de pronto, cuando ya hemos tomado la cuesta de camino a casa.

- Pues haces mal. Odiar, odiar… Y seguro que no sabes por qué. ¿Comprendes lo que te decía antes? – le respondo airada.

Me pregunto si existirá un palmo de tierra conocida que no haya sido hollado por algún ser sufriente. Cartago y su playa no son una excepción. La propia reina Dido de Tiro y todos nosotros habíamos alcanzado esta costa huyendo de muchos dolores y traiciones. ¡Qué mujer! No sé de ninguna otra que haya experimentado el amor como ella ni haya padecido tanto por su pérdida.

Durante meses y meses y más meses habíamos navegado por los mares y al desembarcar aquí nos arrojamos al suelo y lo besamos. Yo más bien me caí, porque después de tanto tiempo en el mar me sentía mareada y torpe como un pato al pisar tierra. Ese es uno de mis primeros recuerdos de entonces, tenía poco más de nueve años. Estábamos desfallecidos pero muy alegres. Nos parecía haber llegado al final de nuestro sufrimiento. Y así fue. Hasta que se interpuso Eneas. Y los dioses, es preciso decirlo.

- Según mi maestro, es necesario consultar los augurios para no equivocarnos y actuar siempre según los dictados de la divinidad.

- Nadie conoce la voluntad de los dioses, hijo mío, hasta que se ha cumplido. Y para entonces no hay remedio que valga: suele ser demasiado tarde. La reina Dido era todo corazón. En cuanto a Eneas… No quiero ser injusta con él. Vayamos poco a poco y con prudencia, porque no se ha inventado una balanza para pesar las culpas en los conflictos humanos. Y, ahora, entra en casa delante de mí y, si te pregunta mi nuera, dile que nos ha retrasado un vecino. Nos ahorraremos una disputa.


NOTA 1: Queridos amigos, aquí os dejo el primer capítulo de la novela “Dido reina de Cartago”, para todos aquellos que no la conocéis. Esta semana estará ya en las librerías. Os dejo este enlace para que podáis saber cuáles son las empresas distribuidoras en España.

NOTA 2: Sigo pidiéndoos disculpas, porque aún no he recuperado la normalidad y no puedo visitaros tanto como quisiera. Espero que eso se solucione pronto.

jueves, octubre 22, 2009

PARA SABER ALGO MÁS SOBRE DIDO

Contraportada del libro “Dido reina de Cartago” con una breve sinopsis de su contenido.


NOTA: Gracias a todos, queridos amigos, por el enorme interés que habéis mostrado por el libro y por vuestro apoyo. Ni Cartago ni este libro habrían existido “sin el esfuerzo aunado de todos” (dijo Dido).


Pinchando en la imagen, se amplía y hace mas cómoda la lectura.


martes, octubre 20, 2009

PORTADA DE NUESTRA "DIDO REINA DE CARTAGO"

Queridos amigos, os presento la portada de la novela de nuestra querida reina Dido.


En España la podréis encontrar en las librerías a partir de la primera semana de noviembre de 2009. En Latinoamérica a partir de la primera semana de diciembre de 2009. ¡Que los dioses le sean propicios!


Edita: ES Ediciones. Diseño de colección: Alejo Ruocco. Diseño de portada: Vittorio Cacciatore.

lunes, octubre 19, 2009

A LA NOBLE AGRIPINA, NIETA DE AUGUSTO.

Dedicado a Daalla y a cuantos luchan por la memoria histórica.


Cuando a despecho del emperador Tiberio llevaste hasta Roma las cenizas de tu difunto esposo, cuando cerraste tus oídos a las recomendaciones de cautela y tu corazón se negó a rendirse al miedo, diste una doble lección a los romanos: la primera, que la dignidad de los difuntos compromete la dignidad de los vivos de modo tal que no puede considerarse digno quien no honra a sus muertos; la segunda, que una matrona romana no se doblega nunca, ni siquiera al precio que has pagado tú: sufrir destierro, morir abandonada y sola por haberte enfrentado al tirano.

Salve, noble Agripina. Aunque privada de honores y de honras fúnebres, no hay sobre la faz de la tierra unas cenizas más dignas que las tuyas.


NOTA: A la muerte de su marido Germánico – quizá envenenado por orden del emperador Tiberio – Agripina la Mayor se dirigió desde Asia hasta Roma llevando las cenizas de su marido. El emperador le negó un funeral público, pese a lo cual ella, acompañada por una multitud, llevó las cenizas hasta el Mausoleo de Augusto y las depositó en él. Es de reseñar que a ese acto ni siquiera asistió la madre del difunto, seguramente por miedo. El enfrentamiento que mantuvo Agripina con Tiberio desembocó en su destierro en la isla Pandateria, donde murió de inanición, desconociéndose si fue por su propia voluntad o por orden de Tiberio.

*Cuadro que representa a Agripina llevando las cenizas de su marido Germánico al Mausoleo de Augusto. Imagen tomada de internet.
**Hojas de acanto. Roma.